Dicen los mayores que cuando las palabras se atraviesan en la garganta, es porque hay demasiado que decir. No difiero mucho de lo que opinan…En este mismo instante en que me siento a escribir, las ideas se acumulan; la mente se abre, y las palabras…¿las palabras? Se me escapan a borbotones por la cañería invisible por donde también se nos pierden los sueños. Cuando uno es pequeño-como yo-se lo pasa soñando con ser cosmonauta, policía, bombero, maestro o doctor. Apenas recuerdo cuándo el sentimiento abrazador de la palabra se apoderó de mi alma. Supongo que mis primeras aventuras con un lápiz y un papel se remontan a la época en que pintaba mis mal-logrados “fantasmones”, y tenía alrededor de 4 años…O tal vez cuando me leían, un par de veces (como a cualquier niño pequeño) los libritos de “La Bella Durmiente”, y luego yo, como un papagayo amanecido, recitaba de memoria renglón por renglón, haciendo uso de todo el espacio cerebral disponible que luego se me ha ido agotando con los años. Mi segundo “despertar”, por asi decirlo, con respecto a los libros, fue por aquella época de Congresos Pioneriles, Acampadas y Ciencias Naturales. No recuerdo bien si me lancé al mundo de las letras al mismo instante en que una amiga-con un también brillante futuro “hereditario” como escritora- puso en mis manos lo que sería el cofre donde deposité mi más remota colección de poemas infantiles. Se avecinaba mi graduación de 6to. grado; y ni siquiera el cambio a la temprana adolescenciame hizo desistir de mi escape al universo literario. Por aquellos tiempos no era muy asidua a la lectura, debo confesar. Sólo devoraba con presteza-aunque yo diría más bien HAMBRE, o fiereza-cada libro de lecturas escolares que caía en mis manos; desconociendo las obras maravillosas de escritores tan comunes para cualquier niño como Julio Verne, Edmundo de Amicis, o mi preferido después de hacer del “Principito” mi mejor amigo, Antoine de Saint-Exupéry. Eran tiempos duros, caballero, no es por na’!!! Había que lidiar con lo que tenías a mano, y mis padres siempre se alegraron de tener una hija-aparentemente-estudiosa, aplicada en las cosas de la escuela, por decirlo asi; pero nunca me propiciaron ningún buen ejemplar. Años después, tendría que llevarme-en un pacto de honor devolutivo-los “mataburros” de la biblioteca de mi papá, para terminar regalándoselos a la madre de mi mejor amiga. Las cosas de la vida. Luego vino un cambio de “proyección”, que me arrastró a un cambio en mi forma de escribir. Mis versillos mustios, o más bien, verdes, comenzaron a denotar algo de madurez, sensatez, realidad. Había ido a vivir con mi mamá, luego de trece años al lado de mi abuela. La parte maternal hasta ese momento desconocida, se destapó con mi inspiración. Ahora no sólo escribía sobre la capa de Ozono, los héroes de la Patria o sobre “La Edad de Oro”; sino que dedicaba largas jornadas al amor de madre que me rodeaba y que antes sólo había sentido de lejos. Escribí tanto, tanto…tanto, que llegué a componer alrededor de 80 poemas en un par de meses. La vida me trataba bien; era casi feliz y tenía lo suficiente para hacer de la escritura algo duradero en mí. Ni siquiera mi intento loco de querer estudiar actuación logró separarme de lo que crecía indestructible en mi interior.
Y llegó la hecatombe!!! No sé qué pasó…Mi musa traviesa decidió tomarse unas largas y merecidas vacaciones. Bueno, tal vez no tan merecidas desde mi punto de vista porque llegué a extrañarla tanto que quedé en estado de mudez manual por un tiempo que me pareció un siglo. Lo más gracioso fue que durante este período mi mamá, que desde su primera juventud nunca había escrito un poema de su puño y letra, comenzó a componerle líricas maravillosas y bellas a las cosas más insospechadas. Seguramente la musilla loca decidió hacer travesuras bajo mi mismo techo…Y lo logró! Conjuntamente con esto, me llegaron los repasos para entrar a la Vocacional- Vaya, la Lenin, el Pre, la Beca…como les quieran decir, pero preferiblemente, la primera opción…- Horas y horas de lecturas, tanto por puro entretenimiento en las clases de Español, como por obligación, casi que moral, en los repasos de Historia. Aprendí a redactar verdaderas caracterizaciones de Martí, Maceo y Gómez. Le arranqué cada instante al levantamiento en La Demajagua o al incendio de Bayamo. Estuve presente-transportada en mi mente, por supuesto-en la toma de la Habana por los ingleses, y en la propuesta de pacto, en el Zanjón. Nada es igualable al poder de la imaginación. Es como el dicho ese, muy conocido que dice: ” Si quieres algo bien, tienes que hacerlo tú mismo…” Yo agrego: Si quieres algo bien hecho, imagínatelo tú mismo. Creo que con todo esto, y un poco de sentido común, logré entrar a la Lenin. No puedo pasar por alto el hecho de mencionar a la profe Laurita, quien también había sido “leninera” y me inculcó la vocación oculta de estudiar en la mejor escuela de Cuba. Si no hubiese sido por ella, tal vez hubiese terminado como una profesora de actuación frustrada, y egresada de los Instructores de Arte, quedándome para siempre sin amar a la escuela que me dió todo lo que soy.
Volviendo a las “sendas literarias”-perdónenme mi despiste…es característico de la mayoría de la gente bajo el signo Cáncer…o mejor, es característico en mí, para mi pesar- recuerdo que el shock al entrar a la Lenin fue tan fuerte; y yo me sentía tan sola, que cierto día mientras estudiaba para una prueba de Química en el Anfiteatro Natural, una luz inundó mi mente y mi corazón. Fue como si una gran verdad, oculta hasta el momento, me gritara desde el fondo de un pozo sin fondo para ser descubierta. Estábamos en pleno otoño, y un colchón amarillo se extendía por la explanada. Tomé una hoja de abeto, con forma de corazón, y dejé plasmado en su cuerpo los sentimientos reprimidos que traía conmigo desde hacía ya dos años. Me le declaré al amor esperado, sin saber que todavía tardaría varios meses en tocar a mi puerta:
“En una hoja caída del otoño/ escribiré que te amo…”
Como por arte de magia, el resto vino solo. ¿De dónde había brotado todo aquello? Ni idea. Sólo le agradecía al cielo por tener de vuelta eso que tanto me pertenecía; que era tan mío; y que era lo único que me brindaba la felicidad que requería para vivir.
Ese poema fue el primero de una serie que decidí llamar “Con mi tiempo”; y que luego tuvo un millón de nombres más, porque ninguno me parecía lo suficientemente generoso como para ser el título oficial de mi alegría. Finalmente, como de felicidad se trataba, decidí que sería MIA ANANDA, que traducido es lo mismo que “Mi felicidad”, no sé en qué idioma.
Pasó casi un año, y mi colección de apenas 80, se convirtió a la cuantiosa suma de 150, siendo este ya el punto determinante que me arrastró a pensar seriamente en el estudio de la Filología cuando estaba terminando 11no. grado. Lo más gracioso fue que en esos tiempos no tenía un “algo” por el que escribir; lo hacía puramente por amor al arte, porque nada se le igualaba en sensación de libertad y porque me ayudaba practicándome para los niveles más altos de los concursos de Español-Literatura, mis preferidos. Gracias al destino, ese algo del que carecía me llegó-¿ tendría algún parentesco con Cristóbal Colón?-un 12 de Octubre del 2005. Ese día descubriría para mí lo que sería mi único gran amor, y la resaca de poemas que me quedaría en el alma, después de mi partida, estallaría en mis entrañas, clavada para siempre, sin poder salir, sin poderle besar jamás el calor de sus ojos miel. Fue un período de “auto-renacimiento”; como si fuera un fénix me inundé los pulmones de oxígeno y el alma de momentos indelebles; y me levanté desde la nada con fuerzas remotas, como acumulada durante otras vidas, y una seguridad envidiable. Descubrí que cuando el mundo, aparentemente, te falta, lo encuentras en cosas tan sencillas como un amanecer, o una noche de luna llena, o esa canción que tanto te revitaliza las esperanzas. Pero sólo los más aventados logran encontrarlo cuando van por ahí, sin compañía. En mi caso, necesitaba de la mano de mi Quijote para convertirme en Dulcinea, y lograr descubrir al mundo en un pestañazo. Cómo escribí! Pero más que eso: Cómo soñé! Y aún más que nada: Cómo amé! Con toda mi alma, mi corazón, mi mente…y si se amara con los pulmones, pués también; porque lo único que me devolvía a la escritura cuando las cosas no marchaban bien, era el brillo de los ojos de mi niñito, en espera ansiosa de mi nueva creación. La gente, el mundo, las clases, los problemas, se habían mudado a un plano secundario. Sólo vivía con la mirada perdida en los sueños…tantos que había…Filología, Universidad, Amor eterno-por fin, ¿existe? Creo que nunca sabré-Casa, Familia, una hija con nombre feminista-Eva Luna-y la seguridad de que seguramente, la vida al lado de El sería todo lo seguramente feliz que seguro, suponía…Ufff, qué enredo!!!! Mejor sigo…
Por un año y dos meses viví; después de eso, no recuerdo qué pasó…o sí recuerdo, pero prefiero no hacerlo. Demasiado dolor, demasiadas lágrimas. Mi vida se abrió en un abismo, el dulce abismo; y todo lo que un día pensé que llegaría a alcanzar como mujer, como profesional, se fue a Bolina. Bueno, no exactamente: me fuí yo, y no precisamente a Bolina, sino al país que, contradictoriamente, es el más odiado por quien más amé. Todo lo que tenía, o que sentía mío al menos: familia, amigos, mi escuela, el hombre al que llamaré Amor…Todo lo contabilizable que llevé conmigo en 17 años y 6 meses de vida, se quedó sembrado en la tierra que me parió.
Cada experiencia en la vida nos endurece o nos hace más humanos; pero nos acerca más a la verdad de quién fuímos en tiempos pasados, y nos traza el camino que debemos seguir; aquel que nos lleva a la realidad infinita; aquel en el que solo existimos y después somos. El tiempo no es más que la vida arrodillada ante la verdad; el tiempo es el dogma en el cual la existencia cobra todo sentido. En un instante se define la felicidad, la tristeza, el sentimiento confundido de los que abandonan sus sueños; o que simplemente, ABANDONAN. Nueve letras…Nueve letras que se nos clavan en las entrañas y que no traen adjunto ningún manual para aprender cómo actuar ante el reflejo de un gorrión cuando nos miramos al espejo. Nueve letras, que en esencia, representan más de un millón de palabras que se pierden cuando no encontramos la definición exacta para expresar la tragedia griega que se forma en nuestros adentros. ¿Es odio? ¿Miedo quizás? Sea lo que sea, se empeña en desgarrarnos, mordernos, sacarnos los ojos con las agujas de la desesperanza. Y sólo tenemos dos caminos: Convertir en nuevos sueños los pedazos derrumbados y fundirlos aún más fuertes; o salir corriendo, comprarte una soga en Home Deepot, y colgarte al borde del Express Way. No sé exactamente si fue porque soy vaga a morir-de ahí que no necesito de una soga, o de métodos drásticos-o si porque todavía no ha nacido quien logre arrancarme la fe, aposté por la opción número uno. Decidí que mis sueños siguen siendo los mismos; y un poco evocando la canción de X Alfonso y Kelvis Ochoa, en Madrid o en Hialeah, “la Habana está en todas partes; porque la llevas contigo sin miedo a desarreglarte”. Sólo tienes que enderezarle la vela al barco en el que viajas. El barco es la vida; la vela son los planes que tenías, y que ya no serán por causas ajenas a tu voluntad; el timón representa tus decisiones; y el mar es el camino que debes seguir para llegar a puerto seguro, que es el futuro-o el éxito, todo depende del capitán del barco-Yo aprendí a cicatrizar, a crecer-aunque sigo siendo la misma “enanita verde”…digo, de ojos verdes.-a llevar las marcas de la memoria enclavadas en el corazón, pero sobre todo, a no olvidar. A veces la vida es complicada, y nos hace agradecerle en el momento menos oportuno…Sólo sé que casi un año después de mi llegada, regresó la poesía a mi alma; una poesía con sabor a Emulsión de Scott, porque aunque nos sepa a rayos, sabemos que nos curará por dentro.
Creo que he aprendido a amar a mi musa, con sus muchos períodos vacacionales, con su despiste emocional, con su ternura especial. Creo que por ella sigo siendo quien soy; sigo luchando sin miedo a un nuevo cambio. Por ella vuelvo a la carga 5 meses después de haber acabado con todo el papel de mi casa, sin escribir nada que no terminara en la basura. Por ella estoy ahora en plena clase de Inglés 4 de Honores, escribiéndoles puramente en Español, y tratando de que la pluma no rasgue mucho en la hoja…No vaya a ser que se despierte abruptamente…Pobrecita; debe estar muy cansada…Mejor dejémosla descansar un poco-pero no mucho, porque si no, se me puede escapar una vez más para irse a vacacionar-y luego les cuento, cuando se despierte ágil, caprichosa y bella como siempre, una vez más, de las cosas maravillosas que, con su eterno amor desbordado, me susurra al oído.