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“Tres regalos”

31 Julio 2008 — Leslie Urdanivia (Vistas: 65)

Regresó…Callada, tenue, lúcida. Venía escondida entre eternos suspiros y promesas de amor; pero sin duda era la misma de siglos inmemoriales; la que se quedaba rendida cuando no tenía más palabras, o me susurraba cuentecillos mustios en el oído. Era la que me abrigó cuando las cosas no me iban bien; o me aconsejaba escribir hasta el cansancio para dejar todo el dolor en el papel (ese que todo lo aguanta). Hoy llegó con una caterva de ilusiones nuevas…Otras no tanto, pero muy suyas, muy hermosas. Aqui voy una vez más…O mejor: tres veces más. Porque me lleno de magia; porque ahora sí puedo desbordar luz. Son tres regalos de mi Musa, y quiero compartirlos.

                                                     I

  La niña grita del miedo, pero no se detiene. Piensa que todo está perdido: la causa justa de lo incurable, lo insípido del dolor, la angustia de los más felices…Pero sigue su camino sin sendas ni flores. La niña trata de esconderse en un páramo lúgubre, frío, casi de mármol, y siente que la observan inquisidoramente por su cobardía. “Nadie me juzgue!” Grita nuevamente con voz sorda, desolada. La niña cruza la frontera entre alegría y dolor; llega a una puerta; la abre; respira y no puede; quiebra sus manitos con todas sus fuerzas; desea volver a comenzar; reclama a la vida…Pero ahora, y como jamás había ocurrido, sólo el Silencio le responde.

                                                        II

  Los hombres que han caminado por las calles de mi vida han estado impregnados del mismo desdén, de la misma monotonía utópica que les impide ser otra cosa que hombres simples. Han caído miles de veces por el mismo error; han nadado, como náufragos perdidos, en las mismas aguas agrestes de la resignación, y casi que se han ahogado, porque no han tenido otra excusa para salvarse que ser ellos mismos, una vez más. No sé qué me ha llevado a amarlos con tanta fuerza; qué código me ha impedido borrarlos de un tirón de mi memoria pozoñosa; ni cómo ha surgido para mí un solo ejemplar de apariencias incongruentes que se haga llamar “mi príncipe azul”. En realidad, odio el azul, casi con la misma certeza de que odio la pompa de los nobles y el brillo apagado y oxidado de sus armaduras. Prefiero algo distinto, pero a la vez tan auténtico, que desde que se avecine por el horizonte, sabré que es para mí. No creo que mi petición sea algo infortuito…Hay tantas cosas en la vida que alcanzar! Pero esto es diferente: no quiero ningún “súper” de las historietas, ni dejar a ninguna princesa sin su ascenso al trono por escasez de gallardos quijotes, ni tampoco a ningún personaje de los libros de Padura (aunque me confieso en eterno amor por Mario Conde). Digamos que es tiempo de aterrizar, creer, sentir. Los hombres de mi vida han tenido características envidiables: la destreza de estar en dos lugares al mismo tiempo; han sabido crear ambientes mágicos en complot con la Luna, el mar o una mirada hipnótica. Me han llenado el alma de heridas remendables para luego marcharse, porque les queda todo un mundo ante sus ojos, por conocer, por descubrir. Los hombres de mi vida se han ido…Es cierto. Pero aunque no lo saben, me acompañan. Todos en grupo, cosidos por los hilos del destino que los atan a mi nombre; bailando entre remiendos y recuerdos, porque persisten, a pesar de que ya no son míos, porque se quedan rezagados para seguir aprovechándose de mis debilidades para salir a flote. Si tuviese una sola oportunidad, los sentaría en la mesa del Rey Arturo: frente a frente, ojos con ojos, pecados con pecados, y uno a uno los haría retroceder en el tiempo; retroceder hasta el momento justo en que yo no sea más que una partícula en medio del desierto; retroceder, para que sepan que ellos, todos juntos, no son más que uno. Y que ese uno insignificante, frívolo, inútil, es el hombre simple que me agobia, y que no quiero conmigo.

                                                               III

                                                    “Con mi tiempo”

 

                                     Con mi tiempo construiré tu mundo/ Haré de tu sueño mi realidad./ Besaré calles por las que has andado,/ me armaré de fuerzas para no llorar.

                                     De mi tiempo nacerá tu suerte/ volaré al espacio, nadaré otro mar./ Si no tengo la luz de tus ojos,/ se ofuzca mi mente, tengo que gritar.

                                     Sin mi tiempo cubriré mi herida,/ limpiaré mi cuerpo de toda maldad./ Trazaré un espacio de negra agonía/ que acabe mi vida porque tú no estás.

                                                                              Leslie Urdanivia

                                               Ciudad de la Habana, Julio 2006-  Hialeah, Agosto 2008

Flashback :-)

1 Julio 2008 — Yosvany Deya (Vistas: 46)

Soy de la ultima graduacion de continuantes, 1984-1990. La continuidad puede ser buena segun la 1ra ley: uno no cambia de direccion, ni siquiera acelera, mientras no se vea obligado por alguna fuerza externa. Es posible coincidir en el espacio-tiempo con un entorno ideal,  nacer bendecido. La Lenin fue un parque jurasico, una aventura de muchas subtramas y sorpresas, una pelicula en que yo hacia de arquelogo loco y de Tarzan Cuantas monas a mi alrededor comiendo platanos!, cuantas panteras y demonios que esquivar, cuantos tesoros, cuanto amor reprimido, y que poquito odio Ayer descubrieron en Brasil un yacimiento gigante de petroleo, pero hace 25 años Dios vivia en Cuba, y eso me toco a mí

1 Julio 2008 — Yosvany Deya (Vistas: 35)

Veinte veinte

28 Marzo 2008 — Zoe Plasencia Lopez (Vistas: 175)

Cuando llegué a Buenos Aires tuve la sensación de que no sería leve mi paso por acá. Hace casi diez años y lo que ha sucedido en este tiempo, tan rápido como la gente que camina por la calle Florida en la hora pico, me hizo crecer, madurar, vivir, sin un momento para el respiro. Es así esta ciudad, creo. Te adopta, te abre los brazos y después te exige, te arrastra y te larga con la lengua afuera, a punto para el terapeuta.

No me quejo, viví cada minuto con una intensidad que me hizo embellecer, por fuera y por dentro. Aprendí muchas cosas, que no se aprenden hasta que se abandona definitivamente la época de estudiante.

En Buenos Aires construí un proyecto personal importante, con la vista puesta en el horizonte, aunque este fuera el del Río de La Plata y no el del Mar Caribe. En Buenos Aires nacieron mis dos hijas. Lucía no está conmigo, pero nos cuida a mí y a Ana desde algún lado. En Buenos Aires me enamoré de nuevo. En Buenos Aires me convertí en un profesional con herramientas, con recursos para competir, pero también para ser generoso y enseñar. En Buenos Aires encontré a una amiga que extraño cada segundo de mi vida.

Caminar, como lo hago con frecuencia, por calles, plazas, sufrir la humedad, el calor, el poco frío en el livianísimo invierno porteño, tomar un café en alguna esquina, embarrarse las medias o los pantalones con la baldosa floja de la vereda, que aún no logro identificar como hacen los de acá, ir apretada en el subte, bajar la voz cuando te grita el tipo que quiere salir y estás tratando de entrar al vagón, insultar en habanero al colectivero que no paró y sólo tienes quince minutos para llegar, pasear sin ansiedades por las librerías de Corrientes, porque sabes que esos libros ahí estarán cuando tengas plata para comprarlos, aguantar la perorata de los tacheros, cuando preguntan -¿de dónde sos? –cubana, le dices y ahí viene la parrafada a favor, en contra, -¿cómo te escapaste? –¿cómo viniste a parar a este país de mierda?, que chorree la nariz seis meses de los doce que tiene el año y que no haya suficientes carilinas que den abasto para los mocos de tu alergia, ir a comer afuera y mirar, mirar todo con la vista perfecta, con el veinte veinte en los ojos.

Ahora que la paz me abandona más seguido y que el desasosiego ocupa una buena parte de mi universo más íntimo, Buenos Aires me salva. Hoy a la mañana bajo la lluvia, de la mano de Ana que chapoteaba con sus botas rojas en cada charco, abrí el pecho, respiré profundo y me puso contenta estar aquí. Tomé el subte y mientras escuchaba a Lisandro Aristimuño, veía mi sonrisa en el vidrio de la puerta.

Al final, el arraigo es eso, sentirse bien en tu lugar en el mundo.

Vivir de Conceptos…¿es vivir?

26 Marzo 2008 — Leslie Urdanivia (Vistas: 231)

Dicen los mayores que cuando las palabras se atraviesan en la garganta, es porque hay demasiado que decir. No difiero mucho de lo que opinan…En este mismo instante en que me siento a escribir, las ideas se acumulan; la mente se abre, y las palabras…¿las palabras? Se me escapan a borbotones por la cañería invisible por donde también se nos pierden los sueños. Cuando uno es pequeño-como yo-se lo pasa soñando con ser cosmonauta, policía, bombero, maestro o doctor. Apenas recuerdo cuándo el sentimiento abrazador de la palabra se apoderó de mi alma. Supongo que mis primeras aventuras con un lápiz y un papel se remontan a la época en que pintaba mis mal-logrados “fantasmones”, y tenía alrededor de 4 años…O tal vez cuando me leían, un par de veces (como a cualquier niño pequeño) los libritos de “La Bella Durmiente”, y luego yo, como un papagayo amanecido, recitaba de memoria renglón por renglón, haciendo uso de todo el espacio cerebral disponible que luego se me ha ido agotando con los años. Mi segundo “despertar”, por asi decirlo, con respecto a los libros, fue por aquella época de Congresos Pioneriles, Acampadas y Ciencias Naturales. No recuerdo bien si me lancé al mundo de las letras al mismo instante en que una amiga-con un también brillante futuro “hereditario” como escritora- puso en mis manos lo que sería el cofre donde deposité mi más remota colección de poemas infantiles. Se avecinaba mi graduación de 6to. grado; y ni siquiera el cambio a la temprana adolescenciame hizo desistir de mi escape al universo literario. Por aquellos tiempos no era muy asidua a la lectura, debo confesar. Sólo devoraba con presteza-aunque yo diría más bien HAMBRE, o fiereza-cada libro de lecturas escolares que caía en mis manos; desconociendo las obras maravillosas de escritores tan comunes para cualquier niño como Julio Verne, Edmundo de Amicis, o mi preferido después de hacer del “Principito” mi mejor amigo, Antoine de Saint-Exupéry. Eran tiempos duros, caballero, no es por na’!!! Había que lidiar con lo que tenías a mano, y mis padres siempre se alegraron de tener una hija-aparentemente-estudiosa, aplicada en las cosas de la escuela, por decirlo asi; pero nunca me propiciaron ningún buen ejemplar. Años después, tendría que llevarme-en un pacto de honor devolutivo-los “mataburros” de la biblioteca de mi papá, para terminar regalándoselos a la madre de mi mejor amiga. Las cosas de la vida. Luego vino un cambio de “proyección”, que me arrastró a un cambio en mi forma de escribir. Mis versillos mustios, o más bien, verdes, comenzaron a denotar algo de madurez, sensatez, realidad. Había ido a vivir con mi mamá, luego de trece años al lado de mi abuela. La parte maternal hasta ese momento desconocida, se destapó con mi inspiración. Ahora no sólo escribía sobre la capa de Ozono, los héroes de la Patria o sobre “La Edad de Oro”; sino que dedicaba largas jornadas al amor de madre que me rodeaba y que antes sólo había sentido de lejos. Escribí tanto, tanto…tanto, que llegué a componer alrededor de 80 poemas en un par de meses. La vida me trataba bien; era casi feliz y tenía lo suficiente para hacer de la escritura algo duradero en mí. Ni siquiera mi intento loco de querer estudiar actuación logró separarme de lo que crecía indestructible en mi interior.

Y llegó la hecatombe!!! No sé qué pasó…Mi musa traviesa decidió tomarse unas largas y merecidas vacaciones. Bueno, tal vez no tan merecidas desde mi punto de vista porque llegué a extrañarla tanto que quedé en estado de mudez manual por un tiempo que me pareció un siglo. Lo más gracioso fue que durante este período mi mamá, que desde su primera juventud nunca había escrito un poema de su puño y letra, comenzó a componerle líricas maravillosas y bellas a las cosas más insospechadas. Seguramente la musilla loca decidió hacer travesuras bajo mi mismo techo…Y lo logró! Conjuntamente con esto, me llegaron los repasos para entrar a la Vocacional- Vaya, la Lenin, el Pre, la Beca…como les quieran decir, pero preferiblemente, la primera opción…- Horas y horas de lecturas, tanto por puro entretenimiento en las clases de Español, como por obligación, casi que moral, en los repasos de Historia. Aprendí a redactar verdaderas caracterizaciones de Martí, Maceo y Gómez. Le arranqué cada instante al levantamiento en La Demajagua o al incendio de Bayamo. Estuve presente-transportada en mi mente, por supuesto-en la toma de la Habana por los ingleses, y en la propuesta de pacto, en el Zanjón. Nada es igualable al poder de la imaginación. Es como el dicho ese, muy conocido que dice: ” Si quieres algo bien, tienes que hacerlo tú mismo…” Yo agrego: Si quieres algo bien hecho, imagínatelo tú mismo. Creo que con todo esto, y un poco de sentido común, logré entrar a la Lenin. No puedo pasar por alto el hecho de mencionar a la profe Laurita, quien también había sido “leninera” y me inculcó la vocación oculta de estudiar en la mejor escuela de Cuba. Si no hubiese sido por ella, tal vez hubiese terminado como una profesora de actuación frustrada, y egresada de los Instructores de Arte, quedándome para siempre sin amar a la escuela que me dió todo lo que soy.

Volviendo a las “sendas literarias”-perdónenme mi despiste…es característico de la mayoría de la gente bajo el signo Cáncer…o mejor, es característico en mí, para mi pesar- recuerdo que el shock al entrar a la Lenin fue tan fuerte; y yo me sentía tan sola, que cierto día mientras estudiaba para una prueba de Química en el Anfiteatro Natural, una luz inundó mi mente y mi corazón. Fue como si una gran verdad, oculta hasta el momento, me gritara desde el fondo de un pozo sin fondo para ser descubierta. Estábamos en pleno otoño, y un colchón amarillo se extendía por la explanada. Tomé una hoja de abeto, con forma de corazón, y dejé plasmado en su cuerpo los sentimientos reprimidos que traía conmigo desde hacía ya dos años. Me le declaré al amor esperado, sin saber que todavía tardaría varios meses en tocar a mi puerta:

“En una hoja caída del otoño/ escribiré que te amo…”

Como por arte de magia, el resto vino solo. ¿De dónde había brotado todo aquello? Ni idea. Sólo le agradecía al cielo por tener de vuelta eso que tanto me pertenecía; que era tan mío; y que era lo único que me brindaba la felicidad que requería para vivir.

Ese poema fue el primero de una serie que decidí llamar “Con mi tiempo”; y que luego tuvo un millón de nombres más, porque ninguno me parecía lo suficientemente generoso como para ser el título oficial de mi alegría. Finalmente, como de felicidad se trataba, decidí que sería MIA ANANDA, que traducido es lo mismo que “Mi felicidad”, no sé en qué idioma.

Pasó casi un año, y mi colección de apenas 80, se convirtió a la cuantiosa suma de 150, siendo este ya el punto determinante que me arrastró a pensar seriamente en el estudio de la Filología cuando estaba terminando 11no. grado. Lo más gracioso fue que en esos tiempos no tenía un “algo” por el que escribir; lo hacía puramente por amor al arte, porque nada se le igualaba en sensación de libertad y porque me ayudaba practicándome para los niveles más altos de los concursos de Español-Literatura, mis preferidos. Gracias al destino, ese algo del que carecía me llegó-¿ tendría algún parentesco con Cristóbal Colón?-un 12 de Octubre del 2005. Ese día descubriría para mí lo que sería mi único gran amor, y la resaca de poemas que me quedaría en el alma, después de mi partida, estallaría en mis entrañas, clavada para siempre, sin poder salir, sin poderle besar jamás el calor de sus ojos miel. Fue un período de “auto-renacimiento”; como si fuera un fénix me inundé los pulmones de oxígeno y el alma de momentos indelebles; y me levanté desde la nada con fuerzas remotas, como acumulada durante otras vidas, y una seguridad envidiable. Descubrí que cuando el mundo, aparentemente, te falta, lo encuentras en cosas tan sencillas como un amanecer, o una noche de luna llena, o esa canción que tanto te revitaliza las esperanzas. Pero sólo los más aventados logran encontrarlo cuando van por ahí, sin compañía. En mi caso, necesitaba de la mano de mi Quijote para convertirme en Dulcinea, y lograr descubrir al mundo en un pestañazo. Cómo escribí! Pero más que eso: Cómo soñé! Y aún más que nada: Cómo amé! Con toda mi alma, mi corazón, mi mente…y si se amara con los pulmones, pués también; porque lo único que me devolvía a la escritura cuando las cosas no marchaban bien, era el brillo de los ojos de mi niñito, en espera ansiosa de mi nueva creación. La gente, el mundo, las clases, los problemas, se habían mudado a un plano secundario. Sólo vivía con la mirada perdida en los sueños…tantos que había…Filología, Universidad, Amor eterno-por fin, ¿existe? Creo que nunca sabré-Casa, Familia, una hija con nombre feminista-Eva Luna-y la seguridad de que seguramente, la vida al lado de El sería todo lo seguramente feliz que seguro, suponía…Ufff, qué enredo!!!! Mejor sigo…

Por un año y dos meses viví; después de eso, no recuerdo qué pasó…o sí recuerdo, pero prefiero no hacerlo. Demasiado dolor, demasiadas lágrimas. Mi vida se abrió en un abismo, el dulce abismo; y todo lo que un día pensé que llegaría a alcanzar como mujer, como profesional, se fue a Bolina. Bueno, no exactamente: me fuí yo, y no precisamente a Bolina, sino al país que, contradictoriamente, es el más odiado por quien más amé. Todo lo que tenía, o que sentía mío al menos: familia, amigos, mi escuela, el hombre al que llamaré Amor…Todo lo contabilizable que llevé conmigo en 17 años y 6 meses de vida, se quedó sembrado en la tierra que me parió.

Cada experiencia en la vida nos endurece o nos hace más humanos; pero nos acerca más a la verdad de quién fuímos en tiempos pasados, y nos traza el camino que debemos seguir; aquel que nos lleva a la realidad infinita; aquel en el que solo existimos y después somos. El tiempo no es más que la vida arrodillada ante la verdad; el tiempo es el dogma en el cual la existencia cobra todo sentido. En un instante se define la felicidad, la tristeza, el sentimiento confundido de los que abandonan sus sueños; o que simplemente, ABANDONAN. Nueve letras…Nueve letras que se nos clavan en las entrañas y que no traen adjunto ningún manual para aprender cómo actuar ante el reflejo de un gorrión cuando nos miramos al espejo. Nueve letras, que en esencia, representan más de un millón de palabras que se pierden cuando no encontramos la definición exacta para expresar la tragedia griega que se forma en nuestros adentros. ¿Es odio? ¿Miedo quizás? Sea lo que sea, se empeña en desgarrarnos, mordernos, sacarnos los ojos con las agujas de la desesperanza. Y sólo tenemos dos caminos: Convertir en nuevos sueños los pedazos derrumbados y fundirlos aún más fuertes; o salir corriendo, comprarte una soga en Home Deepot, y colgarte al borde del Express Way. No sé exactamente si fue porque soy vaga a morir-de ahí que no necesito de una soga, o de métodos drásticos-o si porque todavía no ha nacido quien logre arrancarme la fe, aposté por la opción número uno. Decidí que mis sueños siguen siendo los mismos; y un poco evocando la canción de X Alfonso y Kelvis Ochoa, en Madrid o en Hialeah, “la Habana está en todas partes; porque la llevas contigo sin miedo a desarreglarte”. Sólo tienes que enderezarle la vela al barco en el que viajas. El barco es la vida; la vela son los planes que tenías, y que ya no serán por causas ajenas a tu voluntad; el timón representa tus decisiones; y el mar es el camino que debes seguir para llegar a puerto seguro, que es el futuro-o el éxito, todo depende del capitán del barco-Yo aprendí a cicatrizar, a crecer-aunque sigo siendo la misma “enanita verde”…digo, de ojos verdes.-a llevar las marcas de la memoria enclavadas en el corazón, pero sobre todo, a no olvidar. A veces la vida es complicada, y nos hace agradecerle en el momento menos oportuno…Sólo sé que casi un año después de mi llegada, regresó la poesía a mi alma; una poesía con sabor a Emulsión de Scott, porque aunque nos sepa a rayos, sabemos que nos curará por dentro.

Creo que he aprendido a amar a mi musa, con sus muchos períodos vacacionales, con su despiste emocional, con su ternura especial. Creo que por ella sigo siendo quien soy; sigo luchando sin miedo a un nuevo cambio. Por ella vuelvo a la carga 5 meses después de haber acabado con todo el papel de mi casa, sin escribir nada que no terminara en la basura. Por ella estoy ahora en plena clase de Inglés 4 de Honores, escribiéndoles puramente en Español, y tratando de que la pluma no rasgue mucho en la hoja…No vaya a ser que se despierte abruptamente…Pobrecita; debe estar muy cansada…Mejor dejémosla descansar un poco-pero no mucho, porque si no, se me puede escapar una vez más para irse a vacacionar-y luego les cuento, cuando se despierte ágil, caprichosa y bella como siempre, una vez más, de las cosas maravillosas que, con su eterno amor desbordado, me susurra al oído.

Pre-Encuentro

14 Marzo 2008 — Juan Carlos (Vistas: 228)

El pasado 23 de febrero, mientras en Hollywood desempolvaban la alfombra roja para los Oscars, en Hialeah se daba cita un peculiar grupo, de todas las generaciones: los “emigresados”. En la persona del “Emigresado” se reúnen 2 condiciones, distintas y semejantes a la vez: la del emigrante y la del egresado, o en otras palabras: los cubanos que dejamos la Lenin atrás en el tiempo, pero también en el espacio (más de 90 millas cuando menos).
Ambas situaciones son, inevitablemente, circunstancia y complemento de nuestras vidas. Condicionan y definen nuestra forma de ser y decir. Adonde quiera que vayamos, donde quiera que estemos, así en la gélida Europa o en el tórrido Miami, siempre seremos los cubanos que, por bien o por mal, por necesidad o curiosidad, partimos del suelo que nos vio nacer. Y más, somos los lenineros, los que tuvimos el privilegio de crecer y madurar en el experimento social más distintivo de nuestro país.
Orgullosamente cargamos con esas características como bendición, pero también como cruz. A la añoranza por nuestra tierra se le suma la nostalgia por ese pedacito de terruño, allá en el kilómetro 3 y medio de la carretera del Globo, al que nos aferramos como segunda casa.
Emigrar te abre el camino, te multiplica las posibilidades, sobre todo cuando tienes el aval de haberte formado en una escuela de primer nivel, cuyo currículo despunta por encima de las demás de su categoría en el país. La Lenin no solo te formaba como un futuro profesional, también te ayudaba a crecer emocional y sicológicamente, a adquirir nuevas responsabilidades y vivir nuevas experiencias. Lo que la Lenin no te enseñaba era como desenvolverte plenamente en tu carrera en un sistema que frustraba a muchos jóvenes competentes e ilusionados. Lo que la Lenin no te enseñaba era como vencer la melancolía de la pérdida de lo que es entrañablemente tuyo. He ahí entonces la tragedia personal de muchos de nosotros, los que ante la incertidumbre del futuro, optamos por buscar otro rumbo.
Dice la escritora Isabel Allende que la condena del emigrado es no volver a echar raíces. Teniendo en cuenta las circunstancias de su exilio a lo mejor podremos comprender el por qué de su pesimismo, sin necesariamente coincidir con su opinión. Muchos egresados han formado hogares y consolidado carreras en un medio completamente foráneo, sobrepasando las barreras del idioma, la cultura y las radicales diferencias socioeconómicas y políticas. En fin, que se han enraizado. Otros somos más jóvenes y apenas empezamos a despuntar. Pero sin discusión, todos seguimos sintiendo por dentro el lento desangrar de la herida que se abre con la partida y que no se vuelve a cerrar. El tiempo la acalla de cierta manera y hace casi imperceptible su agónico reclamo. Pero está ahí, y no cicatrizará, pues el emigrado no puede dejar de pensar en lo que dejó atrás, por muy poco que fuera.
Bien sabemos que materialmente estábamos empobrecidos, pero teníamos un caudal de riquezas espirituales: los parientes, los vecinos, la novia o el enamorado y los amigos. Personas que significaron mucho y a las que hubo que decir Adiós, para partir a un lugar ajeno. Afortunados los que encuentran en su camino a peregrinos afines, que aunque sean desconocidos, los reconocen como uno de los suyos.
El emigrado se llena de orgullo cuando se tropieza con un homólogo, es como abrir un álbum de fotos viejas. Entonces la nostalgia sí es dulce y recordar no duele. Momentos así te hacen querer más lo tuyo y desear que en un futuro cercano ya nadie tenga que emigrar porque no le queda más remedio en esta vida. Mientras ese día no llega, el emigrado se conforma con la breve visita, el reencuentro con su suelo, para volver a bendecirse con el calor de su gente. Eso es lo que significa ser un emigrado.
Mientras tanto, el egresado padece de algo así como el “Síndrome de Peter Pan”, el eterno adolescente que se rehúsa a envejecer. Si becarse en la Lenin podía ser difícil para muchos, dada la separación de la familia y el régimen de disciplina, más difícil era despedirse de ella. A pesar de los momentos duros, las decepciones y los “pies metidos”, la escuela era el factor final que nos modelaba como los individuos que escogimos ser. Por muy mala que estuviera la comida, por muy difíciles que se llegaran a poner las condiciones de vida, en el día de tu graduación te arrepentías de haber deseado alguna vez que el tiempo volara para irte a la Universidad. El egresado, al igual que el emigrante, tenía que aceptar la inevitabilidad de enfrentarse al futuro, cargando sus recuerdos consigo en una mochila. Graduarse es emigrar por primera vez.
El egresado, al igual que el emigrado, entonces se regocija de encontrarse por el camino a otro y tratarlo como a un camarada o un viejo amigo, del que nunca supo el nombre y probablemente no lo sabrá, pero una suerte de memoria colectiva te dice que él estaba ahí donde estuviste tú, y vivió lo que viviste tú, y en el fondo llegó a ser lo que fuiste tú. ¿Cómo no le vas a responder el saludo a alguien que es como tú? El egresado también realiza un ritual de absolución: tiene su día para, al igual que un feligrés devoto o un pecador arrepentido, visitar su Meca y disculparse por el abandono involuntario. Volver a caminar sus pasillos, pintados o no, se convierte en la obligación más placentera que nos compele.  Eso es lo que significa ser egresado.  
Hialeah no es Cuba aunque esté llena de cubanos, ni mucho menos la Lenin aun cuando casi podríamos abrir una representación ahí, pero en la noche del 23 de febrero nada de eso importó. Hialeah no será Cuba, pero se le parece, pues los cubanos que se han afincado ahí (y en las áreas colindantes) han recreado su versión, han reinventado su país: sin libretas, ni camellos, o con fulas, como prefieran decirle. ¿O en qué otro lugar se podría encontrar tantos framboyanes, mangos y palmeras sin lucir artificiales? La autenticidad cubana brota hasta de un palo de trapear con su colcha que se prueba más duradero que cualquier “mop” o “Swiper” o lo que sea. Era Hialeah, por tanto, el lugar indicado, a falta de otro.
El encuentro de los “emigresados” no fue exactamente un día del egresado, ni ocurrió en la misma escuela, pero se le acercó lo suficiente como para traer juntos a más de cien graduados, unos con más años que otros. Enseguida surgió la química y por afinidad nos fuimos agrupando de acuerdo a nuestras graduaciones, muchas veces descubriendo con sorpresa que esa otra persona también se había ido y tú no lo sabías. La noche fue corta pero fructífera, invitando a un próximo reencuentro al que seguro vendrán más, y en el que las barreras generacionales no impedirán una interacción más abierta entre “tembas”, no tan “tembas” y jóvenes. Sirvió para olvidarnos por un rato de nuestras penurias y disfrutar de lo que nos une. El encuentro fue también la antesala de otro que seguramente ocurrirá, más temprano que tarde, cuando los “emigresados” podremos retornar en persona a nuestra casa, la Lenin, y desandarla de un lado al otro, recordando.  

A Meaningful Gift

14 Febrero 2008 — Juan Carlos (Vistas: 426)

MonogramaThe most meaningful gift that I have ever received is a simple red faded circle made of fabric, with black inscriptions: my High School monogram.

When I was 15 years old, I had the honor to be selected, after a series of difficult tests, to the most demanding and prestigious High School in Cuba: the Vocational Preuniversitary Institute of Exact Sciences “Vladimir Ilyich Lenin”, or how we called it: ”La Lenin”.  It was located outside of Havana City, so it was kind of an abroad school, where I spent almost every day for 3 years. Those were the most intense years of my life. Despite the nostalgia for home, the separation from my family, and the strict regime of study and discipline, I had the opportunity to make friends, fall in love and live incredible experiences.

Being a special and distinguished school, the students had the privilege to use an emblem to stand out from the rest of the high school students. But for the first year that I spend there, we didn’t receive ours because there wasn’t enough fabric to made nearly 1400 badges for every pupil, so the school decided not to give the insignia to anybody in the tenth grade for the moment.

That decision always annoyed us, because it was in contradiction with the slogan that stated that we were different from other high school students. How can that be, if we don’t have the emblem that distinguished us? Besides that, the school began to give a few badges to some students who participated in contests representing the school. As a form of rebelliousness, many of us started to utilize old used insignias, bought from our elder colleagues. Suddenly a black market was created for that purpose, and many students began to display their faded monograms despite the prohibitions and sanctions of the professors.

I didn’t have to buy mine, because a girl from my class gave me one as a gift. As the rest of my schoolmates, I started to challenge the director’s ban. Luckily I didn’t face any sanction because in the next year we received our official insignia, bigger and more colored than the unofficial ones. We started to call it the “red traffic light”, because of its intensity and brilliance.

Everybody was happy now because uniformity was reached but the old feeble badge didn’t lose its appeal. I always used my new and “uncool” emblem every time we arrived to the school and faced the principals’ inspection of the appearance, but the rest of the time we stayed inside of the school I, like the others, exhibited my evanesced insignia, in my left arm, attached to the shirt with a hook. 

When the 3 years flew away, almost like a blink, it came the sad moment of the farewell: to my classmates, roommates, and teachers. We had to return our books and our uniform: two dark blue trousers and two light blue shirts, and the colorful badge they gave us, sewed to one of the shirts.

Almost as a trophy, we get to keep our “illegal” badges. With pride I can say that, since the day I left my high school, I maintain my ripe old monogram safe in my wallet, as a part of me, as a piece of my past that identifies me, because it reminds me of the good old days and the pretty girl who gave it to me, of whom I fell deeply in love.        

 

Starbucks vs. Café Pilón

14 Febrero 2008 — Gerardo (Vistas: 180)

¡Hola, mundo!

12 Febrero 2008 — Gerardo (Vistas: 151)

Le damos la bienvenida al Blog. Esta es su primera entrada.

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